En dirección de ejecución de obra, hay detalles que parecen menores en el papel pero que, mal resueltos, pueden acabar generando patologías serias con el tiempo. Uno de ellos es el tipo de grava empleado en el drenaje perimetral de una edificación.
¿Por qué importa el tipo de grava?
El drenaje perimetral evacúa el agua que se acumula junto a los muros de contención o cimentación, evitando que la humedad y la presión hidrostática dañen la impermeabilización y, a largo plazo, la propia estructura. Para que funcione bien, la grava debe cumplir una granulometría concreta: ni demasiado fina (se compacta y pierde capacidad drenante, arrastrando finos que colmatan el sistema) ni demasiado gruesa de forma descontrolada (deja huecos irregulares que pueden comprometer la estabilidad del relleno).
Además, la grava debe ser de un material adecuado —canto rodado o machaqueo lavado, según especifique el proyecto— y no cualquier material de relleno disponible en obra, que a veces se usa por rapidez o coste sin cumplir la especificación técnica.
Un caso real de disconformidad
En una obra reciente, se detectó que la grava colocada en el drenaje no coincidía con la especificada en el proyecto: un material de granulometría distinta a la exigida, con más finos de lo permitido. A simple vista, la diferencia puede pasar desapercibida, pero condiciona directamente la capacidad de drenaje a medio plazo.
Como director de ejecución, mi función en estos casos es precisamente detectar esta disconformidad antes de que quede oculta bajo el relleno definitivo, documentarla, y exigir su subsanación al contratista antes de continuar con la siguiente fase de la obra. Corregirlo en obra cuesta mucho menos que corregirlo una vez aparecen filtraciones años después.
La lección de fondo
Un buen control de ejecución no consiste solo en revisar los grandes hitos de la obra, sino en no dejar pasar los detalles que parecen pequeños pero que, con los años, son los que acaban generando los problemas más caros de resolver.